El teléfono volvió a sonar. 

Estaba oscuro y se encontraba fumando con los codos apoyados en el alféizar de la ventana de su habitación. Viendo la calle solitaria podía intuir las vidas ajenas detrás del denso humo. La luz del piso de enfrente estaba encendida. El apartamento cambiaba de inquilino cada pocos meses. 

Descolgó el teléfono de nuevo.

—¿Sí? Antes se ha cortado. No sé que le pasa a este móvil. Tengo que cambiarlo.

—¿Qué me estabas contando?

—No sé, ya no me acuerdo. ¿Qué tal fue el día?

—Normal. ¿Y el tuyo?

—Bien, como siempre, mucho lío en la oficina… Ya sabes. —Marina suspiró al otro lado.

—¿Cuándo te veré?

—No sé, hay mucho trabajo por aquí. ¿No podrías coger un tren algún fin de semana?

—Imposible. Mis padres no me prestan más.

—Bueno, quizás la semana que viene.

Un rato después Ernesto volvió a la cama junto a Cristina.

El día siguiente transcurrió entre hojas de cálculo en Excel. Realmente había mucho trabajo, quizás demasiado. Cuando llegó a casa de noche, las luces del vecino resplandecían en el barrio sombrío. Llamó a Marina y estuvieron hablando del futuro hasta la madrugada. Todo el vecindario parecía haber muerto en el silencio, pero las luces del apartamento al otro lado de la calle seguían encendidas. Ernesto apoyaba los codos en el alféizar de nuevo. Fumaba.

—El vecino de enfrente debe sufrir insomnio porque deja las luces puestas toda la noche —dijo.

—Quizás trabaje.

—¿Teletrabajo nocturno? 

—Sí, quizás sea teleoperador de una central de alarmas.

—No sé, es muy raro.

Acabó el cigarrillo y Ernesto volvió a dormir otro viernes solo. Al día siguiente quedó con Cristina para cenar. De vuelta, cuando enfiló su calle se dio cuenta de que el apartamento del vecino era el único iluminado. Pasaban las doce. Aún así Marina contestó al teléfono.

—No te lo vas a creer. La luz del vecino sigue encendida. ¿Trabajará también los sábados?

—¿Ernesto? ¿Qué haces llaman…?

—¿Y si es un delicuente? 

—No sé da igual. Hay gente extraña en todas partes.

—No sé, creo que voy a llamar a la policía.

—Llama mañana en todo caso. Yo voy a dormir.

Ernesto llamó a la policía, pero nadie hizo caso de sus sospechas. Durante días la luz permaneció encendida. Una noche al llegar a casa Ernesto se encontró un furgón de policía y una ambulancia. Habían encontrado muerto al inquilino. 

La luz al fin se apagó al fin.

Poco después apoyó sus codos en el alféizar y comenzó a fumar. Al ver el apartamento apagado pensó que seguramente había sido un ataque al corazón; que la gente muere constantemente por cosas así.

Ernesto, más tranquilo volvió al día siguiente a su trabajo. Hizo sus tareas habituales y cuando llamó a Marina por la noche nadie contestó al otro lado.

Al ver el apartamento apagado pensó que seguramente había sido un ataque al corazón; que la gente muere constantemente por cosas así.

Si te gustó, comparte:

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta página web utiliza Cookies para mejorar la experiencia