Manuel cena mientras ve una película en la televisión. En ella el protagonista repite varias veces que su vida es una guerra constante contra sí mismo. Podría ser un día normal, pero no lo es. Hace un mes que los días dejaron de ser normales. Hace un mes que el intruso apareció. Esa criatura que ahora observa su espalda desde una esquina de la sala.

Manuel recoge la cena mientras el intruso mira. Manuel siente cómo le observa. El intruso sabe que Manuel lo siente observándole. Al acabar la película vuelve a su dormitorio, cierra la puerta e intenta dormir, pero no puede. No puede sabiendo que el intruso está en el salón; esperando con los ojos siempre abiertos. Lo peor, sin embargo, es el agujero que siente en su pecho cada vez más grande.

Apareció por primera vez justo el día en que el psicólogo le aconsejó que intentara establecer nuevos vínculos sociales. Le dijo que ya hacía más de un año del accidente, que debía abandonar su aislamiento y buscar alguna actividad que le gustara. Sugirió un club de lectura o un grupo de running y sentenció que el ser humano es un animal social que necesita relacionarse.

Manuel se quedó unos segundos sin decir nada. El psicólogo esperaba una respuesta. —No sé —dijo finalmente—. Lo pensaré.

Tras despedirse del especialista, Manuel caminó hasta su apartamento en el centro de la urbe. El cielo estaba oscuro, pero la luna llena iluminaba los altos edificios y se reflejaba en sus cristaleras. Andaba despistado pensando en aquel accidente insuperable y en todo lo que le había arrebatado. Ahora estaba solo y sus días se parecían cada vez más a una de esas películas que echan los sábados por la tarde en televisión, donde nunca ocurre nada.

A la altura del parque comenzó a llover sobre el suelo ya mojado y cubierto con las hojas caídas de los árboles caducos. Es otoño, su estación preferida. Manuel empezó a correr, pero pronto la suela de goma de sus zapatos se encontró con la hoja mojada de fresno que le hizo resbalar y caer contra el suelo. Nadie le ayudó a levantarse. Estaba solo. Como siempre desde hacía más de un año. Pensó que quizás la soledad era aquello: no tener a alguien que te ayudara a levantarte; ni en el parque, ni en el mundo.

Llegó al portal de su edificio y subió las escaleras. El edificio es antiguo y son tres pisos sin ascensor. Cuando abrió la cerradura reforzada de la puerta y atravesó el recibidor de la casa todo parecía normal. El pasillo estaba tranquilo y silencioso. Recorrió los seis metros de corredor con suelo de parqué caliente gracias a la calefacción central del edificio y llegó a la habitación. Se desabrochó los cordones de los zapatos que lanzó después con desgana a una esquina. Se desvistió. El pijama que se puso después estaba frío, pero sería por poco tiempo. Era cómodo. Continuó su caminar por la casa hasta llegar a la cocina. Colocó una pizza congelada en el horno, lo activó a máxima potencia y se dirigió al salón. Apagó la luz de la cocina y encendió la del pasillo y antes de atravesar el umbral de la puerta del salón observó la sala en penumbra. Su vello se erizó. Su corazón comenzó a latir como si fuera un tambor golpeado rítmicamente a toda velocidad. Ese sonido llegaba hasta sus sienes para llevarle al mismo abismo de la locura. Había una silueta allí: esperando en la penumbra.

Manuel, antes paralizado por unos segundos, encendió la luz del salón y observó al intruso por primera vez. Era un maniquí de madera pintado de blanco, pero sus ojos eran dos océanos que se movían de un lado a otro sin parar como queriendo escapar de su prisión. Sus pupilas dilatadas mostraban solo miedo y ansias de huir.

—¿Qué eres? —preguntó Manuel.

No hubo respuesta. Los dos ojos celestes se fijaron en el rostro de Manuel por un instante. El intruso se había percatado de su presencia, pero no emitiría ningún sonido.

Sin atreverse a tocar al intruso Manuel llamó a la policía. Alguien debía haber entrado en la casa para dejar allí aquel ser inmóvil que no podía comunicarse más que con su mirada asustada.

La policía afirmó con severidad no haber visto nunca algo semejante. Todas las posibles entradas a la casa estaban cerradas y en perfecto estado. Era imposible que alguien hubiera entrado en la casa sin dejar rastro alguno. Lo más impactante fue que cuando intentaron mover al intruso para llevarlo al laboratorio y analizarlo fue imposible. Parecía anclado al suelo de parqué mediante algún tipo de fuerza inhumana e incomprensible.

Fue aquella noche antes de dormir cuando sintió por primera vez el gran hueco en su cuerpo justo a la altura del pecho. Intentó llorar, pero no pudo. Ni siquiera al recordar el accidente. Ni siquiera al recordarla a ella.

La sensación empezó a incrementarse con el paso de los días. Al volver de la oficina en la que trabajaba se encontraba a aquel maniquí que, además, cambiaba de lugar cada jornada. Podía aparecer en la cocina, en el baño, en la sala de estudio o incluso en el dormitorio.

Manuel acudió a su psicólogo:

—No me entiendes… No sabes lo que es dormir con ese intruso fijando su mirada de sufrimiento en ti. Siento un punzón atravesar mi cerebro. Los días que ese intruso aparece en mi dormitorio… es insoportable —le dijo.

A partir de ese día Manuel pasó a denominar “el intruso” a aquella presencia de la que no podía despegarse ni en su más restringida intimidad.

Al principio intentó hablar con él y después empezó a rogarle que se marchara. Lo hizo a gritos y en silencio, de pie y de rodillas, agarrando sus piernas inmóviles. El maniquí continuaba allí mirándole siempre con desconfianza y con los ojos casi fuera de sus órbitas girando de un lado a otro.

Pasaron varios días y semanas y ahora Manuel está empezando a acostumbrarse a no dormir; pero se niega a sentir el agujero en su pecho agrandarse cada noche. Por eso sus paseos nocturnos por la ciudad. Porque fuera de casa no siente cómo el hoyo se agranda.

Por las mañanas desarrolla su trabajo en la oficina sin apenas relacionarse con sus compañeros y por las tardes se resigna a vivir con el intruso que, inmóvil, jamás dice nada. Simplemente se encuentra allí. Es incómodo. Están cerca pero al mismo tiempo están solos, como le pasa al resto de personas con el mundo en general.

Manuel la recuerda mucho. Recuerda sus ojos verde oliva. Recuerda su ancha cadera, su pelo rubio y sus andares de amazona. Recuerda los silencios de los domingos por la tarde llenos de amor. Recuerda su perfume de los días de fiesta. Pero sobre todo recuerda el accidente; y eso es algo que Manuel no puede soportar.

Un día recibe por sorpresa la visita de su psicólogo, a cuya consulta hace tiempo que no acude. El médico encuentra a Manuel desgastado y envejecido. No para de decir que el intruso es él mismo y que la casa es del maniquí. Cuando el psicólogo mira a la criatura su rostro palidece. La madera se ha podrido y los ojos están rojos como si hubiese llorado durante horas, días y años.

—Me estoy consumiendo —dice Manuel.
El psicólogo le aconseja comprar otro piso.
—Eso no serviría de nada. Sé que me perseguirá y al final será él o seré yo —contesta 
Manuel.

El psicólogo calla mientras Manuel se sienta en un sofá y mira una fotografía suya en la que sale ella. Es de unos meses antes del accidente. Manuel recuerda el resbalón en el parque!4

con la hoja del fresno. Quizás si no hubiera caído al suelo aquel día el intruso nunca habría llegado. Quizás si el accidente no hubiese ocurrido tampoco. Pero el caso es que aquel ser estaba ahí justo detrás de ellos y ya no había vuelta atrás.

—¿Sabes? A veces imagino que el universo es como una gran maquinaria. Si una pieza se desajusta todo cambia en cadena. Quien la desajuste da igual. Quizás la vida es un juego que consiste en adaptarnos a la máquina y tarde o temprano todos somos derrotados. Lo único que podemos hacer es disfrutar de la partida.

Cuando el psicólogo se va, desesperado, Manuel se monta en el coche, vuelve al lugar del accidente y le jura a ella, esté donde esté, que va a empezar a vivir. Lo va a hacer por ella, por los dos.

Al volver a casa entra directo a la cocina coge un cuchillo y se dirige al salón. El intruso está allí con los ojos abiertos, como siempre.

Manuel se detiene por un momento sosteniendo el cuchillo delante del maniquí podrido. El puño le duele por la fuerza con la que aprieta la empuñadura.

Entonces hunde la hoja del cuchillo en el torso del intruso del que empieza a brotar un líquido negro, putrefacto e inmundo. Una y otra vez clava el arma en el intruso, cada vez con más furia, hasta partirlo en dos.

Luego Manuel cae al suelo y Manuel empieza a llorar por primera vez desde hace más de un año. No lo hacía desde el día del accidente. Las lágrimas que resbalan por sus mejillas son negras.

Al día siguiente Manuel se levanta y comprueba como ya no siente el agujero en el pecho. Mira por toda la casa, pero tampoco los restos del intruso existen ya. Se viste, desayuna y prepara su abrigo. Sale de casa y respira hondo el aire del otoño; su estación favorita.

A veces imagino que el universo es como una gran maquinaria. Si una pieza se desajusta todo cambia en cadena. Quién la desajuste da igual. Quizás la vida es un juego que consiste en adaptarnos a la maquinaria y tarde o temprano todos somos derrotados. Lo único que podemos hacer es disfrutar del juego.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *