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Estás en un callejón sin salida.

Te conozco desde hace años, desde que juntos jugábamos en el parque a ser padres de unos niños invisibles que nunca llegaron.

 

Ya solo te atreves a llamarme a escondidas. Ahora es como si vivieras en la penumbra de un cuarto de cinco metros cuadrados del que no sabes cómo salir. Hace meses que tu familia y tus amigos no entramos en tu casa y menos aún en la prisión mental que el monstruo ha ido contruyendo.

Y me cuentas que sientes cómo fuera es primavera y las mariposas revolotean aprovechando al máximo sus pocos días de vida, pero tú sin embargo no haces más que ver los tuyos desvanecerse entre los dedos de tus manos.

 

Los cerezos en flor te recuerdan que hay vida fuera aunque tú no puedas sentir más. Imagino que a veces piensas en salir por ese pequeño tragaluz que dices que ves en el techo de la prisión, pero no puedes. No puedes. Contigo viven tus pequeños que estarían indefensos si les dejaras solos en la oscuridad. Puedes oír su llanto. Puedes sentir su dolor cuando el monstruo entra en casa. Cuando te zarandea y te tira al suelo. Me cuentas que le ves tras las rejas, que está en el jardín cavando con una pala un hoyo que crees que es para ti, para los dos quizás, y yo te grito:

—¡Huye! ¡Llama a la policía! ¡Sal de ese lugar!

 

Y al final el que llama soy yo, pero siempre hay una excusa a medida para cada herida.

En el fondo sigues creyendo que te quiere y te consuela que la vida es dura para todos. Te consuelan tus hijos. Te consuela el olor a flores frescas que se filtra entre los ladrillos de tu prisión el día de la madre. Aunque en realidad la estancia huele más a sarna y putrefacción. 

 

Un día me dices que has visto una pequeña grieta en las paredes de la celda y que observas como con cada insulto se abre un poco más y unas semanas después te veo aparecer por la esquina de mi calle. Vas con tus niños, cada uno cogido a una de tus manos. Tú sonríes y entonces yo sonrío porque sé que al fin puedes venir a visitarme. Te veo más hermosa que nunca.

 

Me cuentas que cuando saliste la luz te cegó por un instante. Primero sentiste incertidumbre aunque después pudiste tocar y oler los cerezos antes tan lejanos. Al fin tus pulmones se llenaron de aire limpio y lleno de primavera. También viste a los pequeños a la luz por primera vez y es entonces cuando te enamoraste de ese momento y de todos los demás. Descubriste que podías disfrutar del tiempo que tienes con la misma intensidad que las mariposas que aleteaban a tu alrededor. Me dices que te has liberado y que la vida con miedo es tan solo una prisión cuyas paredes se encuentran recubiertas de afiladas espinas.

—He elegido vivir —acabas diciendo.

 

 Yo mientras no puedo parar de sonreír.

Me dices que te has liberado y que la vida con miedo es tan solo una prisión cuyas paredes se encuentran recubiertas de afiladas espinas.

1 pensamiento sobre “Elige vivir”

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