En nuestra familia, toda aquella locura empezó con una frase de mi padre: «Tenemos que ir. Si no nos gusta nos vamos y ya está».

Os pondré en contexto. Fuente del Castro fue un pequeño pueblo que durante casi cinco años formó su propio país independiente.

Aquello empezó casi como una broma. El último habitante y alcalde del pueblo, Nicolás Hernández, al ver que su mujer enfermaba y que se quedaba solo, en casa y en el mundo; empezó a tramitar una ley de desconexión del Estado español. Por supuesto, esta sería aprobada por mayoría absoluta. 

Que un ayuntamiento como aquel no pudiese tramitar leyes —ni de desconexión, ni de ningún tipo— no supuso un problema. Él estaba convencido de que Fuente del Castro era una entidad completamente separada del resto del Estado y tenía sus leyes para demostrarlo. 

Pues bueno, al principio no fue nadie al pueblo. ¿Cómo iba a enterarse el mundo de la desconexión si allí solo vivían ellos dos? Pero después de la muerte de Juana, su mujer, Nicolás empezó a colgar carteles en los pueblos vecinos: Villarregio y Montebello. 

Prometía casa, trabajo y libertad. Porque sí, en Fuente del Castro no habría impuestos ni nada parecido. Nicolás había sido toda su vida un anarquista empedernido, miembro de la CNT y, como todo revolucionario, jamás había perdido la esperanza. Por ello, finalmente, incansable a sus 76 años, pensaba que era su momento. 

Yo era un niño cuando Nicolás salió en las noticias dando su discurso. Al principio todo fueron risas y memes, pero pocos días después empezó a aparecer gente en Fuente del Castro. 

Hay que reconocerlo: la mayoría eran personas sin oficio ni beneficio que al gobierno le venía bien quitarse de en medio. Pero con el tiempo los medios empezaron a darle cobertura semanal al fenómeno y todo se fue de madre. Fuente del Castro, aunque poco accesible y escondido entre verdes y escarpadas montañas, había sido uno de los pueblos más grandes de la zona y poseía una gran laguna de agua cristalina de la que provenía el río que pasaba por el centro de la localidad. También había campos de sobra para el cultivo. Lo cierto es que era el lugar perfecto.

Pues bien, esas personas sin oficio ni beneficio crearon junto a Nicolás una asamblea donde todos eran iguales a la hora de tomar decisiones y, al verse al fin parte de algo, se contagiaron del orgullo y tesón del alcalde por la causa. Unos araban el campo y otros cuidaban y ordeñaban las reses. Por las mañanas un gallo les despertaba y al atardecer guardaban lo recolectado en un granero enorme cuya pintura, ya desgastada, dejaba ver la chapa metálica con la que estaba fabricado.

Cada uno cogía lo que quería del granero. Por las tardes se reunían, bebían la cerveza que al principio proveía gratuitamente una gran marca como campaña de marketing, y charlaban sobre la revolución que pronto llegaría a todo el Estado vecino. Mientras tanto uno de ellos solía tocar una guitarra española que había aprendido a tocar de forma autodidacta.

Fue al cabo de unos meses cuando la cosa empezó a ponerse seria. Un magnate altruista empezó a financiar la causa. De verdad que en el mundo hay gente para todo. Salió en la tele diciendo que quería «destruir el capitalismo desde dentro».

De esta forma Fuente del Castro empezó a tener maquinaria para producir más y mejor. Tuvo desde entonces su propio horno de pan, algún molino de viento e incluso placas solares en los tejados de las casas. También había más cabezas de ganado y se construyó una destilería propia para no depender de las multinacionales.

Fue entonces cuando mi padre pronunció la frase. Soñador desde pequeño, insistente como nadie y, sobre todo, en paro y ahogado de deudas; consiguió con esfuerzo e ilusión convencer a mi madre. Cogimos el coche y fuimos a aquel pueblo perdido de la mano de Dios. Creo que mi padre se dejó lo último que le quedaba en gasolina. Éramos la primera familia “normal” que se instalaba allí. Aquello convulsionó todos los cimientos de la sociedad española. De un día para otro éramos personajes públicos.

Recuerdo con cariño el tiempo que estuvimos en Fuente del Castro. En total fueron dos años. Cuando llegamos hacía ya tres de la original Ley de Desconexión y un año de la muerte de Juana, la mujer de Nicolás. Al principio era muy aburrido porque solo estaba con mi madre que es profesora de matemáticas y yo odio las mates. Pero después empezaron a llegar más familias y en Fuente del Castro empezaron a abundar los niños. Eran familias humildes sí, pero con ganas de mejorar su situación.

Una de las primeras en llegar fue la familia de Jaime. Pronto nos hicimos muy amigos. Jaime tenía nueve años entonces y su pelo rizado siempre andaba sucio de subirse a los árboles, caerse y correr alrededor de la laguna. Después de las clases con mi madre  jugábamos por el pueblo. A veces elegíamos el fútbol y otras al pilla pilla o el escondite. Al poco tiempo hicimos un pacto que sellamos haciéndonos una pequeña herida con un alfiler en el meñique para prometernos que nunca abandonaríamos el pueblo.

Aquello ocurrió después de que España cercara Fuente del Castro con una verja de cinco metros de altura y concertinas en lo alto. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos había dado la razón a Nicolás, que había sido defendido por el infalible abogado de aquel magnate anticapitalista. Ante la inacción de España durante casi cuatro años Fuente del Castro se había convertido en un país diferente con sus propias costumbres y derechos. El único problema era que no formaba parte de la Unión Europea y, aunque la mayoría de los habitantes de Fuente del Castro tenían nacionalidad española de pleno derecho al haber nacido en territorio español, se impuso una tasa, de dudosa legalidad, para pasar a España. Nadie en Fuente del Castro tenía dinero por lo tanto allí estábamos, aislados.

Recuerdo las palabras de mi padre cuando vio que ponían la verja:

—Esto es lo mejor que nos podía pasar. Así no tendremos que soportar tanto a la prensa.

La sorpresa fue cuando se vio que tenía razón. Casi nos las apañábamos mejor aislados. Cada vez estábamos más unidos. Además, empezó a llegar ayuda humanitaria porque muchos países nos consideraron un pueblo oprimido. Lo mejor de todo fue que la asamblea se reunió y decidimos que no necesitábamos la ayuda, que nosotros no éramos los oprimidos sino los únicos libres. Los realmente esclavos eran el resto de humanos que vivían para saciar unas necesidades infinitas por definición y creadas por el sistema. Siempre intentando ser alguien mientras nosotros ya éramos. Éramos nosotros mismos, disfrutando de nuestra compañía y trabajando para nuestra propia subsistencia y nada más.

El pueblo se convirtió en aquella época en el destino predilecto de artistas y creativos. Mientras hiciesen su jornada de cuatro horas en el trabajo que les tocase, pues con el tiempo los trabajos se hicieron rotatorios para evitar envidias, podían pasar el resto del día creando obras de arte que luego se compartían con el resto del pueblo. Uno de ellos era Miguel, un antiguo escritor que recitaba de memoria la Odisea de Homero por las tardes en la plaza del ayuntamiento. También estaba Jesús, que diseñó una bandera y un escudo en los que predominaban la gran laguna. Recuerdo que vivía en las afueras, en una pequeña casita cerca del río, abierta a todos para que pudiesen ver sus cuadros. Un día Jaime y yo estuvimos viendo cómo pintaba el reflejo de la luna y las estrellas en el lago. Era una visión hipnótica ver los filamentos del pincel deslizarse por el lienzo. El más ambicioso sin embargo era Antonio, que empezó a crear de cero un idioma nuevo y mejorado que serviría para todos los pueblos cuando dentro de unos años se uniesen a la revolución.

Aunque parezca mentira, tan solo seis meses antes de que todo se fuera al garete nos llegaron noticias de que muchos pueblos abandonados estaban siendo habitados de nuevo y se estaban declarando independientes como Fuente del Castro. Todos estábamos muy contentos con la noticia, de hecho, hicimos una gran fiesta. Fue en esas cuando se presento un señor vestido con un traje gris en el pueblo y acompañado de un séquito de guardaespaldas. Realmente nos miraba como a salvajes. Jaime y yo fuimos los primeros en verle y corrimos a decírselo a todos los demás. Decía ser el Presidente del Estado español.

Pues bien cuando vino todo el pueblo estaba ya borracho por la celebración de la revolución incipiente en los pueblos de España. El señor pidió reunirse con el presidente del pueblo pero, entre bromas, nosotros le contamos que no teníamos. Al final convocamos una asamblea extraordinaria porque Nicolás dijo que teníamos que respetar a los representantes de pueblos ajenos aunque no compartiésemos sus ideas. Tuvimos que tragarnos un discurso muy aburrido sobre unidad, tradición y seguridad que yo no entendí y después el presidente español nos hizo una proposición: todo aquel que regresara a España tendría un sueldo vitalicio y una lujosa casa en el punto de España que deseara. Al principio todos nos reímos. ¿Para qué queríamos el dinero? Pero luego siguió hablando: si no aceptábamos en un plazo de 10 días nos desalojarían de allí aunque fuese por la fuerza ya que habían aprobado una ley que lo permitía expresamente.

Fuente del Castro era un clamor; tanto, que el señor y su séquito tuvieron que salir por patas de la asamblea. A la mañana siguiente se instaló un cordón policial que parecía querer amedrentarnos. Lo bueno es que con él vinieron cientos, que digo cientos, miles, miles de manifestantes que acamparon en señal de apoyo. Aquello hizo que los que se amedrentaran fueran ellos y, a los diez días no pasara absolutamente nada. La situación se prolongo otros cinco meses y con el paso de las semanas los propios manifestantes pasaron a formar parte de Fuente del Castro. Algo tenían que comer, y decidieron unirse. Pues bien, ese fue el mayor problema: ya no cabíamos más. Se construyeron casas a contrarreloj para dar cabida a todos los posibles pero al final simplemente no había espacio para más dentro de la verja.

Entonces se convocó otra asamblea extraordinaria. Nicolás llevó la voz cantante. Creía que teníamos que pasar a la acción. Proponía una marcha verde en toda regla. Otro sector proponía seguir como estábamos y, otros, aceptar la renta vitalicia. Al final se decidió que cada uno hiciera lo que quisiera. 

A la mañana siguiente quedaba solo medio pueblo, pero como sabíamos que tarde o temprano habría que hacerla, pues hicimos la marcha. Rompimos la alambrada por un tramo de unos siete u ocho metros y empezamos a caminar lentamente, paso a paso, con toda la prensa, nacional e internacional, pendiente.

Entonces un montón de policías hicieron un cordón y nos advirtieron, porque lo cierto es que lo hicieron: «Si continuáis avanzando tenemos órdenes de cargar».

Seguimos avanzando y segundos después fue cuando nos molieron a palos. Aquello era un caos total. Algunos intentaban defenderse con patadas y puñetazos, pero era inútil. Detuvieron a todo el mundo. La imagen de mi padre gritando: «viva la revolución», mientras era detenido, es algo que nunca olvidaré. Al mismo tiempo, Jaime y yo solo llorábamos mientras éramos separados.

Nunca más volvería a ver a Jaime. Se fue para no volver más como las ilusiones e inocencia de la infancia o los pueblos revolucionarios. Mis padres aceptaron al final la renta vitalicia desde el calabozo firmando un papel en que se comprometían a no volver a declararse independientes ni interactuar con ningún otro de los conspiradores nunca más.

Lo cierto es que todo aquello fue una locura, pero qué felices fuimos. 

Toda aquella locura empezó con una frase de mi padre: «Tenemos que ir. Si no nos gusta nos vamos y ya está».

3 pensamientos sobre “Fuente del Castro”

  1. ¡Me encanta Gonzalo!

    El relato es tragicomico, muy bien manejado, entretenido y captura de principio a fin.

    Tengo que resaltar que me parece muy atractiva la limpieza y sobriedad en la presentación de tu blog. Da gusto estar aquí.

    1. Gonzalo García Almansa

      ¡Muchas gracias por tu comentario, Luz!

      Me alegra mucho que te haya gustado. De los relatos que tengo publicados en el blog es de mis favoritos.

      ¡Nos leemos por aquí!

      Saludos

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