Hoy he visto un cadáver

Hoy he visto un cadáver. Nunca había visto uno un cuerpo mirar así, como si fuera de plástico. Y jamás imaginé que hoy sería el día. Sin embargo, cuando desperté el corazón palpitaba ya con una fuerza inusitada. Me asomé al balcón. Unos cuantos niños jugaban bajo los árboles del parque. Ahora me doy cuenta de que algo era raro desde el principio: creo que se debía a la intensa calma del ambiente. Todo transcurría a una velocidad agobiante. Como si el peso de todo ser viviente y objeto inanimado hubiera sido adulterado y ahora les costara realizar sus movimientos habituales. 

Hoy he visto un cadáver. Ahora no hay vuelta atrás. Ahora estoy en una celda donde al fin todo movimiento se ha detenido por completo. Dicen que yo la maté. Que puse mis manos en su cuello hasta que no pudo respirar y esperé entonces a que muriese de forma irremediable. Dicen que lo hice con alevosía y que no me arrepiento porque soy lo más parecido a un monstruo que existe. Yo recuerdo su mirada plastificada y entonces me da igual lo que digan. 

Hoy he visto un cadáver. Era un cadáver precioso; parecía acabar de exhalar un último suspiro y sus labios permanecían impregnados de él. Yo quería a la persona que había habitado en aquel cuerpo. Por eso lloré y llamé a la policía. Yo era su amante: yo la quería, ella me quería; todo era perfecto. ¿Por qué destruir algo perfecto? No recuerdo haber matado a nadie jamás. Y sin embargo, dicen que fui yo. Quizás tengan razón, pero yo creo que fue otra persona. 

Hoy he visto un cadáver. Creo que la imagen me perseguirá siempre. Esa imagen asfixia mi mente, invadiendo cada rincón y avenida del pensamiento. La víctima soy yo. Ella ya no puede sentir nada. Ella era perfecta: sabía detener el tiempo y el lugar exacto donde debían ir las comas y los puntos. Quizás por eso la mataron: por perfecta. Por sonreír cada mañana a todo el mundo y desbordar felicidad. Sé que los demás envidiaban esa sonrisa que a mí me hacía tan feliz.

Hoy he visto un cadáver. Vivíamos puerta con puerta. Al principio siempre tenía sal, después café y, solo a veces, cama. En los últimos tiempos también ella me visitaba a mí. Yo accedía encantado, atraísdo por su radiante sonrisa y sus ojos jóvenes y alegres. Solía ponerse vestidos vaporosos muy cortos de los cuales mi preferido era el amarillo dado que combinada con su melena incandescente. Hablábamos del tiempo o de la vida; para mí todo era trascendente a su lado. Hablábamos en voz baja y a escondidas de nuestras parejas. Nos queríamos en silencio y en aquel lenguaje de las miradas planeamos una fuga, a pesar de que ella no estaba convencida por completo.

Hoy he visto un cadáver. Horas antes me encontraba hablando con él. Hablaba y decía: ¿de qué viviremos? Y yo contestaba que nos daríamos el uno; que nuestras almas serían suficiente alimento.

Hoy he visto un cadáver. Llevaba días planeando fugarme con él así que, quién sabe, quizás, después de todo, la verdadera víctima sea yo.

Hoy he visto un cadáver.

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