He observado que los copos blancos de nieve caen como ceniza sobre el asfalto. Con el tiempo se vuelven grises como el hormigón de la ciudad. También he visto que el papel de regalo se rompe, se arruga y se tira a la basura en cuanto se descubre la sorpresa. Luego, no se sabe nada más de él. A mí, sin embargo, lo que más me gusta de los regalos es el papel. El papel contiene infinitas posibilidades, a veces incluso contiene un mundo entero.

Hoy es cinco de enero y, al pasar por la puerta de la iglesia, la anciana de mirada arenosa que pide limosna en la puerta nos ha sonreído con sus dientes amarillentos. Ella no lo sabe, pero le hemos comprado un regalo. Lo hemos hecho porque cada vez que pasamos por allí nos sonríe; por eso, y porque nadie debería quedarse sin regalos la noche de reyes.

Lo primero que pensé fue hacerle una tarta de queso porque me sale riquísima y seguro que le encantaba. Juan planteó comprarle un abrigo para que sustituyera el que siempre lleva puesto, lleno de pelotillas y suciedad; incluso pensamos la posibilidad de regalarle un libro de fantasía en el que pudiera refugiarse hiciera el frío que hiciera. Lo cierto es que nos ha costado mucho decidirnos, pero al final los niños escogieron un regalo mucho mejor: una souvenir navideño en forma de esfera. Si la agitas empieza a nevar dentro de ella. Me encanta. Lo mejor es que su nieve es siempre blanca. Lo he envuelto en el mejor papel de regalo y mañana, cuando pasemos por su lado, se lo daremos.

La noche de reyes transcurre lentamente, copo a copo. Es como si el manto de estrellas que vemos sobre nosotros estuviera cayendo sobre la ciudad llenándola de magia. Cuando me levanto la nieve ya ha dejado de caer. El sol es una pequeña luz incipiente en el horizonte y su calor tenue se ve difuminado por la niebla, un capa gris que cubre la ciudad.

Los niños corretean por casa con sus juguetes nuevos. Su mirada llena de fantasías da vida a todo lo que observan.

—Esta noche he visto a Melchor, Mamá. Cuando me he levantado a beber agua he visto su capa. 

Salimos para sumergirnos en la nebulosa. Ya veo la iglesia y la mujer nos sonríe desde la distancia. Cuando llegamos a su altura los niños le tienden el regalo. «Es para ti», le dicen.

Emocionada, nos abraza y nos besa las mejillas coloradas por el frío.

—Si no os importa lo guardaré así mismo —Nos dice.— Así siempre tendré un regalo por abrir y cada vez que lo vea podré acordarme de este día de reyes.

—Claro, lo bueno es que si no lo abres puede ser cualquier cosa. —contesto yo.

Nos alejamos de allí, los niños siguen jugando.

—Mamá, ahora entiendo cuando dices que lo más importante de un regalo es el papel. —dicen emocionados.

He visto que el papel de regalo se rompe, se arruga y se tira a la basura en cuanto se descubre la sorpresa. Luego, no se sabe nada más de él. A mí, sin embargo, lo que más me gusta de los regalos es el papel. El papel contiene infinitas posibilidades, a veces incluso contiene un mundo entero.

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