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Afronto la última media hora de vida junto a mis seres queridos y con la certeza de que he vivido al máximo. Sintiendo cada bocanada de aire fresco que entra por la ventana entreabierta por la que se cuelan ya los primeros rayos naranjas del sol. Siento la vida fluir fuera y dentro de mí. Por eso sé que este no es el final realmente. Mi nombre es Jim, procedo de otra galaxia, soy miembro de una especie en extinción. Nuestra vida no se prolonga más de 24 horas. Esto no podría ser de otra manera pues, sentimos tan intensamente, que nuestros órganos se desgastan con rapidez. Si los humanos supieran de nuestra existencia, pensarían que somos un suspiro en el tiempo; eso mismo dicen sus dioses sobre ellos. Si es que acaso existen. Creo que si esos dioses existieran, inventarían otros seres superiores.

Ante la mirada de cualquier ser humano somos igual que los demás. Pasamos desapercibidos pues, entre tantos estímulos, la vida de los humanos se ha vuelto tan rápida e insensible que no ven, oyen, ni sienten apenas nada. Son unos egocéntricos. Lo bueno es que nosotros no comemos ni bebemos, por lo que no precisamos de monedas ni billetes. Nos camuflamos entre la gente y solo vivimos y nos relacionamos con ellos hasta cierto punto pues nuestra corta vida nos impide ir más allá de una relación somera para los seres humanos. 

Nací a las 6:30 de la mañana de un domingo. No recuerdo nada concreto de mis primeros cinco minutos de vida. Tan solo sensaciones superpuestas y difusas. Después tuve mucha suerte pues durante toda mi juventud y madurez lució un sol espléndido. No he percibido en mi piel o mis ojos lo que son la lluvia y las nubes, al igual que los hombres no perciben las glaciaciones ni los movimientos de las placas tectónicas o la creación de los planetas y universos. Sin embargo, yo sí puedo sentir todos esos fenómenos que se presentan ante mí de forma tan evidente como cualquier sonido, visión, textura, u olor.

Si los humanos supieran de nuestra existencia, pensarían que somos un suspiro en el tiempo; eso mismo dicen sus dioses de ellos.

Durante mis primeras horas tan solo observaba a mi alrededor. He vivido toda mi vida en una pequeña ciudad. Las ciudades son perfectas para pasar desapercibido. Siempre he estado rodeado de edificios gigantes aunque, siendo pequeño, mis padres me llevaron a un parque para que, a través de la observación, pudiese entender los más profundos entresijos de la naturaleza gracias a mis sentidos, sensibles hasta el extremo. Mi regocijo al escuchar el crecer de los árboles era enorme. También me emocionó la visión de la luz proyectada en el pelaje de la ardilla y las antenas de las hormigas. Pasé vagando por el parque hasta las doce. Algunos de mis recuerdos más felices provienen de la maravillosa arboleda llena de vida y secretos jamás revelados a los hombres. Fue entonces cuando mis padres empezaron a sentirse sin energía y fuimos a casa. La pérdida de mis padres fue dura pero su vida había sido feliz y plena como la mía.
 
Cuando los de mi especie morimos, desaparecemos y nos fundimos con todo lo demás igual que les ocurre a los hombres; solo que sin el dejar un rastro lleno de gusanos.
 
Tardé más de media hora en recuperarme aunque a duras penas de la desaparición de mis padres. Después salí a pasear por la ciudad. No quise volver al parque pues me recordaba demasiado a mis padres. Simplemente vagué por el atardecer de la ciudad hasta encontrar a Kim. Los de mi especie sí somos capaces de reconocernos entre nosotros. No pude sino hablar con ella. Después de un largo rato, fuimos al parque donde pasara mi juventud. ¡Qué bien lo pasamos! No existía nada más que nosotros y la vida en ebullición. Llegado el momento la besé y nuestras mentes fueron una sola. Ojalá pudieseis conocerla más, cada uno de sus gestos es una obra artística del más alto nivel. 
 
Nuestros pequeños nacieron a las 12 en punto de la noche del domingo. Me entristece que toda su niñez haya sido oscura, pero ahora llega la luz y podrán salir y ser felices.
De momento solo creen que no hay nada que salvar entre todo ese gris amasijo de cemento y ladrillo que ven desde la ventana.
 
Solo ven las luces de los edificios, cientos de vidas, pequeñas luciérnagas; que a estas horas se cobijan en sus hogares igual que lo hacemos nosotros. Saben que viven pero es como si no existieran. En nada les afecta. Espero que se desenvuelvan bien en el mundo exterior. 

Solo ven las luces de los edificios, cientos de vidas, pequeñas luciérnagas; que a estas horas se cobijan en sus hogares igual que lo hacemos nosotros. Saben que viven pero es como si no existieran.

Ojalá permanecer un día más con ellos, tan solo un día. ¿Por qué serán tan desdichados los humanos? Si yo tuviera 80 años de vida sería el más dichoso de los seres. Pero no es así. Ahora tan solo me queda soñar con el reencuentro y desaparecer de este planeta, lleno de vidas maravillosas.

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