Tributo a Comala: La Despedida

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Volvía de guerrear y dar tumbos por la Media Luna cuando noté un pinchazo en la espalda y caí al suelo de bruces. Desperté cuando mi boca ensangrentada se colmó del viento arenoso y seco. Solo al ver que el sol empezaba a esconderse supe que había estado varias horas en aquel secarral incandescente. Ahora al cielo le habían disparado y se desangraba aunque quizás no más que yo y la Media Luna. Caminé en dirección a Comala de nuevo con el sol cada vez menos visible en el horizonte. Poco a poco el frío empezaba a agarrarme por la garganta y a entumecer mis músculos de tal modo que casi no entraba aire en mis pulmones polvorientos. 

Caminé varias horas con la mano tapando la herida con mis manos. Arena. Solo sentía arena. Ya veía Comala a la luz de aquel cuarto menguante cuando sentí como mis entrañas y mi alma se convertían en finos granos de tierra que se desmoronaban balanceados por el viento. México era aquello. El aire cuarteaba mi rostro y traía susurros del otro lado. Susurros tristes. Ecos de muerte. «Las personas viven y mueren al mismo tiempo. Los alegres le dicen vivir y el resto de personas le dicen morir. Y el que ya murió puede estar más vivo que nadie si dejó una huella profunda». Aún me costaría llegar al pueblo, pero lo mismo daba porque allá vivía mi madre, Dorotea. Y una madre lo merece todo.

Las personas viven y mueren al mismo tiempo. Los alegres le dicen vivir y el resto de personas le dicen morir.

Atravesé las calles, las casas de ladrillo de barro casi derruidas que reflejaban luz de la luna. En algún momento me pareció escuchar voces. Un griterío espectral. Me giré y el viento golpeó mi rostro y las voces me atravesaron camino del cementerio de Comala. Luego tan solo quedaron las casas solitarias y el suelo de arena por el que se filtraba el silencio más absoluto.

Cuando llegué la puerta estaba abierta. Al entrar el viento la cerró de golpe tras de mí. Subí las escaleras de madera crujiente y carcomida por el tórrido calor del día y el frío seco de la noche.
Entré en la habitación donde una mujer macilenta se encontraba sentada en una mecedora, mirando el cuarto menguante.

—Ya llegué, madre. —le dije.
La anciana entornó su cabeza aún más hacia la ventana y sin siquiera mirarme contestó:
—Mi hijo murió camino a Comala.

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