Las aburridas rutinas de la humanidad

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He escrito una novela. Su título es: Las aburridas rutinas de la humanidad. Creo que el mundo no para de girar y nosotros solo podemos dar vueltas con él. Lo cierto es que esos patrones son deprimentes, pero necesarios le pese a quien le pese. Yo hace años que lo primero que hago por la mañana es vestirme y bajar a desayunar a la misma cafetería; siempre, todos los días a las diez en punto. Llego, saludo al camarero y pido un café solo y una tostada con mermelada. El café es bueno, la tostada no es ni buena ni mala, es simplemente mi tostada, la de siempre. Llueva, nieve o haga sol, al final, el resultado es que todos los días se parecen a otros ya vividos. Luego empiezo escribir. 

Sin embargo, hubo una época en que mi rutina dejó de ser rutina. Esa época parece ya casi como si hubiese sido tan solo un sueño. En realidad hacía lo mismo: me vestía, bajaba a la cafetería y pedía mi café solo y mi tostada, la misma de siempre. Sin embargo, mi corazón palpitaba, mis manos sudaban y el cielo era más azul los días claros y más negro los días de lluvia. Luego, una vez sentado en mi lugar, a las diez y cinco minutos, llegaba ella. Se sentaba en la otra esquina del local, frente a mí, siempre sin mirarme; y sacaba un libro que empezaba a leer mientras disfrutaba de su café con leche. 

Más alta, de tez más morena y rasgos más delicados que yo. Más esbelta y, seguramente, más inteligente; como demostraba el hecho de que nunca alzara la vista de su libro para encontrarme a mí. Ella sabía que casi todos los libros son más interesantes que las personas, incluso que las personas que los escriben. 

Ella sabía que casi todos los libros son más interesantes que las personas, incluso que las personas que los escriben.

Fue entonces cuando empecé a bajar a la cafetería con una libreta para anotar lo primero que se me pasaba por la cabeza: los pájaros navegan por el cielo azul; el café tiene el mismo color que una cocacola pasada de años; o, de buen gusto me convertiría en cafeína para la eternidad por la simple posibilidad de algún día morir en sus labios. Esas son solo algunas de las anotaciones que guardo de entonces. Un día sin embargo, ocurrió lo impensable. Estaba distraído cuando ella entró en la cafetería. Entonces fui a coger mi café para adoptar rápidamente mi postura de hombre interesante y de un manotazo lo derramé sobre la mesa. A veces lo malo es bueno y lo bueno es malo. Fue entonces cuando por un instante ella miró hacia mi lugar de siempre y yo la miré a ella. Hubiera podido escribir cien novelas sobre esa mirada verde y caótica. 

Hubiera podido escribir cien novelas sobre esa mirada verde y caótica.

Durante aquel día apenas hice nada más. Preparé un complejo plan para acercarme a ella, que pasaba por bajar cinco minutos más tarde a desayunar. Entonces le preguntaría la hora y después su nombre, le diría que siempre la veía por allí y le preguntaría por su libro. Luego le diría que yo escribía aunque desde hacía poco tiempo y que estaba preparando una novela corta que quizás se alargara, según lo que permitiera mi inspiración. Ni siquiera pensé en qué haría si me decía de primeras que no quería saber nada de mí cuando, en realidad, era lo más probable.

Pues bien, aquella mañana me preparé como siempre y, cuando estuve listo, esperé 5 minutos dentro de casa para bajar a la cafetería. Bajé las escaleras, el sol lucía y todo estaba preparado en mi cabeza, pero cuando crucé el umbral de la puerta y observé dentro del local no la vi por ningún lado. En realidad, jamás volvería a verla.

Ahora simplemente he vuelto a mi rutina, pero con la esperanza de algún día volver a encontrarme con ella en la misma cafetería para decirle que escribí una novela gracias a ella y que, a solas, en nuestra cafetería, con el mismo café y la misma tostada de siempre, cada día continúo escribiendo novelas sobre su mirada.

A solas, en nuestra cafetería, con el mismo café y la misma tostada de siempre, cada día continúo escribiendo novelas sobre su mirada.

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