"Last train home" es la canción que ha inspirado este relato. Es una obra increíble del guitarrista Pat Metheny.

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Voy sentado en el último vagón de mi tren, que salió de la estación más recóndita del mundo para llevarme quién sabe adónde. Mientras, escucho el inevitable traqueteo, ese «chac, chac, chac» que emite el ferrocarril al avanzar por las láminas de madera. La locomotora que lo impulsa expulsa un humo negro que sería capaz de contaminar el agua del lago más cristalino de la tierra. Me han dicho que en el fondo todos los trenes siguen siendo así. Antiguos, lentos y solitarios.

«Chac, chac, chac». Llevo una maleta que se ha ido haciendo más grande con los años. Nunca he sabido qué tiene dentro, pero no ha parado de crecer y ahora pesa más que yo. Mi tren avanza por un puente inmenso a cientos de metros de un río que ha horadado la tierra durante más siglos de los que puedo imaginar. Seguimos el curso del agua. Toda mi vida la he pasado en este tren. En alguna ocasión se han subido otras personas, pero se bajaron por miedo, incertidumbre o duda. Lo podía ver en sus ojos, como un grito sordo y penetrante, mientras decían adiós.

«Chac, chac, chac». No puedo evitar recordar años mejores: más sinceros, con más sentimiento y energía que los actuales. Ahora las pantallas emiten los colores que la vida ha dejado de mostrarnos. Ahora han instalado pantallas en mi tren monocolor y no sé para qué. No nos engañemos, ahora la vida fuera del plano parece en blanco y negro. Hemos creado cámaras que nos impiden disfrutar con los sentidos. Nuestro mundo suena a galería de arte compuesta por falsificaciones. Hemos matado a Dios para darnos cuenta que detrás había un abismo insalvable de absoluta nada. Y mientras el tren sigue siendo el mismo.

«Chac, chac, chac». Me gustaría saber cuántas paradas quedan para llegar adonde quiera que nos dirijamos. Me levanto y pregunto al revisor. “¡La próxima parada es la última: el océano!”, grita. No sé por qué. En este vagón solo estoy yo y me encuentro a un metro de él. Algunos viajes se hacen más cortos de lo que esperamos. Quizás por eso me grita. Si no hubiese gritado no le hubiera creído. He pasado toda la vida pensando que al final no habría nada, que mi tren se esfumaría de repente en una especie de espacio cósmico donde la conciencia no tiene sentido. Hasta ahora este ha sido un viaje sin destino, pero parece que hay una última parada: el mar, la infinitud. Quizás allí estén también todos los que abandonaron mi tren algún día.

«Chac, chac, chac». El tren se detiene. Por la ventanilla puedo ver una playa de arena blanca que brilla reflejando el sol. Me deslumbra y casi tengo que cerrar los ojos. Por mi nariz entra el aroma del agua salada y llena de plancton. Cojo mi maleta y me dirijo a la salida, pero no me atrevo a saltar a la playa hasta que el revisor me empuja por detrás. Con el empujón suelto la maleta que se queda en el interior del vagón.

«Chac, chac, chac». El tren se aleja y yo empiezo a olvidar todo lo que alguna vez fui. Yo ya no soy. Antes de que sea demasiado tarde empiezo a correr y me zambullo en el agua salada del mar.

No nos engañemos, ahora la vida fuera del plano parece en blanco y negro.

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