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Cuando el fulgor del sol cesó de acariciar los edificios incandescentes, un rapsoda continuaba recitando sus versos en la azotea: «¡Somos tristes abrazos grises en la espuma de la ciudad!», declamaba.

La oscuridad cubrió cada esquina de la urbe y poco después no quedó nada a salvo. El rapsoda continuaba en la azotea: «¡Somos tristes abrazos grises en la espuma de la ciudad!»

El grito cada vez más desconsolado atrajo entonces a los primeros vecinos que, confusos, salían a sus balcones. Luces de edificios cercanos empezaron a iluminar el horizonte y, poco después, toda la ciudad se encontraba pendiente del joven poeta. Las nubes empezaron a arremolinarse alrededor de aquel grito desesperado: «¡Somos tristes abrazos grises en la espuma de la ciudad!»

El viento comenzó a soplar y el chillido estalló mucho más allá de los suburbios. Comenzó a llover, primero en finas gotas y luego en un aguacero que creaba un denso muro de agua. Allí continuaba el rapsoda infatigable: «¡Somos tristes abrazos grises en la espuma de la ciudad!»

Estallaron truenos y relampagueó el cielo enfurecido durante horas entre los gritos que mantenían en vilo a la metrópoli. Nadie se movía: «¡Somos tristes abrazos grises en la espuma de la ciudad!»

Cada esquina comenzaba a rebosar espuma cuando un trueno fulminó al rapsoda y el grito cesó. Cesó la lluvia, el viento y la tensión y, poco a poco, todos volvieron a sus casas.

La espuma aún permaneció durante varios días en las calles.

Somos tristes abrazos grises en la espuma de la ciudad

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