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Voy a contaros un secreto. Acabo de aprender que amar es compartir silencios. Me ha costado veinte años comprender que querer es fácil cuando la risa es compañera y las palabras se desbordan, que son los silencios los que gritan y rebosan amor. 

Estábamos en casa solos, cada uno en un sofá diferente, sofás desgastados por los años, como nosotros. Uno en frente del otro. Yo leía mientras ella lo hacía también. He alzado la vista y estaba tan bonita que no he podido pensar otra cosa. No había nada que decir. Cuando uno habla no se puede percatar de la mayoría de los detalles. Sin embargo, en silencio descubres a quién quieres y a quién le importas. 

Os lo juro. Ese silencio me ha permitido valorar el instante y empezar a repasar mi vida y me he dado cuenta de que los momentos más auténticos carecen de palabras.

Como esos silencios tristes en los que no hay nada que decir porque cualquier palabra sería insuficiente. Solo las personas que los aguantan pueden amarte y sanar heridas antes incurables. Y nunca lo hacen con palabras sino con miradas mudas. También en esos momentos el silencio es el único que muestra el auténtico cariño.

Quizás solo cuando se ama de verdad se puede empezar a compartir silencios. Silencios placenteros, cómplices. Silencios que curan. Silencios que lo dicen todo.

Así que hoy, aquí, declamo está ley universal: que el amor nace de la risa, pero se hace perpetuo en los silencios de los domingos sin hablar.

El amor nace de la risa, pero se hace perpetuo en los silencios de los domingos sin hablar.

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