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Siempre estoy solo, desde el pequeño, siempre solo. Hay días en los que pienso que quizás ya no tiene sentido seguir andando sobre estos pies, ni mirando con estos ojos.

Da igual si es invierno o verano, siempre estoy solo. Por eso, a veces pienso en invitar a cenar a aquel indigente vestido con arapos que pide en el metro, a veinte metros bajo tierra, para esconderse del frío, la nieve y, quizás, su mala suerte. No por caridad, sino para no estar tan terriblemente solo. 

También imagino la vida de cada persona del vagón, vidas solitarias en casas humildes, pegadas a grandes pantallas de televisión, adorando al nuevo demiurgo. Tengo ganas de gritar: ¡Yo también estoy solo, venid conmigo, acompañémonos! Entonces miro el cristal y me veo reflejado, como en ojos de alguien ajeno. Me veo en tercera persona y también desde esa visión me intuyo solo, aislado y frágil. Tan frágil que cualquier ligero roce podría destrozarme y hacerme añicos. Pequeñas esquirlas de alma que se esparcirían por el vagón como las de una copa de champán que se cae al suelo. No puedo gritar, la imagen de las vías del metro viene a mi mente.

Es nochebuena, por eso al llegar a casa he preparado un banquete. Me siento a la mesa. Pienso que nadie debería cenar solo en nochebuena. Debería haberme deicido al fin a invitar al hombre del metro ¿Qué mejor día que hoy? Quizás aún esté a tiempo. Miro por la ventana. Fuera está nevando y el metro cerrará pronto. 

Me visto rápidamente y me dirijo a la estación. Le encuentro en la misma posición: sentado, con la espalda recostada en la pared.

—¿Vienes?

—¿Adónde?

—A mi casa, he preparado un banquete. Hay sitio para uno más.

Parece desconcertado, pero finalmente acepta. Se llama Carlos y de camino a casa me cuenta que siempre está solo. Yo le contesto que «como todos».

Cenamos y al principio hablamos de soledad y tiempo perdido, después, de sueños.

—Los sueños de las personas son lo que mejor las define. —le digo.

—Yo solo sueño con tener una pequeña casa en la que refugiarme y, con suerte, un amigo… aunque sea… uno. 

La voz de Carlos se rompe poco a poco mientras habla y empieza sollozar. Yo también lloro, por él y por mí. Nunca había llorado. Quizás porque no había tenido con quien hacerlo.

—Seremos amigos, Carlos. Los dos cumpliremos uno de nuestros sueños antes de acabar el año.

Le digo que se quede a dormir, que se duche y coja una muda limpia y Carlos acepta. A la mañana siguiente se dispone a marcharse. Tengo miedo de la soledad. No quiero que se vaya, pero no le digo nada porque todo lo dejo marchar. Por eso siempre estoy solo.

Carlos abre la puerta dispuesto a volver a la estación, pero en el último momento se gira y dice:

—Podría quedarme aquí. Al menos esta Navidad. No tengo adónde ir.

«Gracias a Dios», pienso.

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

Me intuyo solo, aislado y frágil. Tan frágil que cualquier ligero roce podría destrozarme y hacerme añicos. Pequeñas esquirlas de alma que se esparcirían por el vagón como las de una copa de champán que se cae al suelo.

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