Camino por el barrio. Aquí, lo que predominan son las típicas calles de un solo carril con aceras estrechas. Cuando me he levantado los gorriones susurraban su alegre melodía como si tal cosa, a pesar de que todos los periódicos hayan amanecido con la misma noticia en portada. El sol se levantó cariñoso también y, aunque los mercados y la comunidad internacional estén preocupados, lo cierto es que, en casa, Maribel y yo hablamos de ello únicamente por no callar. 

Hay cosas que nos preocupan más como, por ejemplo, aquel caso de una mujer que murió en su casa y solo fue encontrada años después gracias al olor que despedía su cadáver. ¿Cómo se llamaba? No recuerdo… pero sé que no apareció en la portada de ninguno de los periódicos del quiosco.

En el mercado, el tendero me regala un poco de morcillo porque sabe que la pensión no da para más.

—Gracias, Pedro. Si me toca la lotería serás el primero en enterarte —digo al despedirme.

Vuelvo a caminar. Me encuentro en el parque con un grupo de personas. Los hay jóvenes y los hay viejos. Gritan consignas, parecen furiosos. Se diría que nada puede pararles. Uno de ellos está repartiendo unas pequeñas cuartillas de papel. «Por la unidad de España». Me da una que yo guardo en el bolsillo de mis pantalones.

Vuelvo a casa y me encuentro a Maribel sentada en la mecedora. Está remendando uno de mis pantalones. Se esmera mucho y tiene que forzar la vista porque apenas puede ver con las viejas gafas de pasta beige. 

—¿Has traído el tocino y el hueso para el cocido?

—Sí, los he dejado en la encimera de la cocina.

—¿Qué tal la compra?

—Normal. Todo bien.

Me pongo a leer en la salita y un par de horas después la sopa de cocido y los garbanzos están listos. El olor llega desde la cocina al salón y envuelve toda la casa. Cuando pienso en casa, pienso en este olor.

Dejo de leer para ir a la cocina y me siento a la mesa. Maribel sirve un par de platos enormes de sopa humeante mientras dice:

—Bueno, y ¿nadie te ha preguntado por la política? Dicen que hoy van a anunciar que se van. 

—No sé, por mí que hagan lo que quieran. La política es un juego de ladrones.

Me estiro para alcanzar un par de cucharas del primer cajón del mueble de la cocina. Antes no dolía. Después apoyo los dos brazos en la mesa y esta se tambalea haciendo temblar los platos.

—Siempre igual. Cada día está más coja —dice Maribel.

Saco del bolsillo la cuartilla de papel que me dieron en el parque y la doblo hasta que se convierte en un pequeño cuadrado. Me agacho y la coloco justo debajo de la pata más corta del mueble.

Después hundo la cuchara en la sopa y pruebo el cocido.

—Está riquísimo. Tan rico, cuanto menos, como la última vez.

La política es un juego de ladrones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *